Podría serlo, pero este no es el título de un nuevo libro de supervivencia para tiempos de crisis, ni se trata de un manual para irse de rebajas en la cuesta de enero-febrero.
Es el título de la novela de Carlos Balmaceda (Mar del Plata, 1954), publicada por Roca Editorial (Barcelona, mayo del 2005). Una novela negra, criminal, dramática, no apta para estómagos delicados ni para mentes impresionables.
Ya nos advierten las dos citas que el autor ha escogido como preámbulo:
"La sangre, después del placer, se enfría y necesita alimento nuevo..."
Otelo, Shakespeare
"La carne le recuerda que su cuerpo puede ser trinchado y comido tan bien como el cuerpo de una ternera. Por supuesto la gente no come carne humana, eso le espantaría. Pero ese espanto confirma que el humano puede ser comido, machacado, engullido, transmutado en excremento."
La ignorancia, Milan Kundera
El libro me atrapó en su día, lo devoré y subrayé párrafos con fruición. Estas fiestas me han regalado y ando leyendo la novela "Los mares del sur" del gran Manuel Vázquez Montalbán, del que hablaremos otro día. Y, sin recordar el porqué, el título me llevaba a asociarlo con algo... finalmente encontré la respuesta...
"Manual del caníbal" es la historia de un trágico destino familiar, de un libro de cocina inigualable y de un magnífico restaurante. Y es también el relato del pecado más siniestro que alguien pueda imaginar. César Lombroso queda huérfano al nacer y hereda un restaurante: el Almacén Buenos Aires. Allí descubre el Manual de cocina de los mares del sur, a salvo pese a las calamidades y desgracias que golpearon el Almacén durante un siglo. En sus páginas antiguas hay recetas refinadas para alcanzar el placer y la felicidad, y además hay fórmulas exquisitas que preparadas sin escrúpulos perturban los sentidos hasta el límite de lo tolerable.
Así conoce la epopeya de los primos de sus bisabuelos, los maestros cocineros Luciano y Ludovico Cagliostro, dos hermanos llegados de Italia que escribieron el primer Manual y fundaron el Almacén Buenos Aires. Luego es el turno de los demás: su padre, su abuelo, sus bisabuelos. Un rompecabezas familiar lleno de claroscuros y estigmas.
La vida de César Lombroso, hechizada por el Manual, se vuelve dramática. Conoce la fama, la riqueza, la pasión del amor, e incluso siente que alcanza la felicidad, hasta que una fuerza pavorosa que late en su sangre lo empuja al abismo de lo prohibido.
Que aproveche y que ustedes lo digieran bien.
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Un espacio independiente nacido en el 2007 para compartir con amigos experiencias del mundo de la gastronomía y de la cultura del comer. Se escribe a 4 manos y 2 cabezas. Xesco desde BARCELONA y Pantxeta desde BOGOTÁ. Libros, opiniones, restaurantes, anécdotas, historia y cosas del más variado bebercio y comercio.
sábado, enero 16
jueves, enero 7
Escuela de cocina (sin Jamie Oliver)
Aprende a cocinar unas buenas lentejas: haz prácticas en un restaurante de menú diario o en un restaurante familiar, en un restaurante de ciudad pequeña o en una tasca de casco antiguo …
El amigo Xesco escribe verdades como puños que le ponen los fogones bien calentitos… también hay cosas que le emocionan... A mi me gustaría reflexionar sobre las prácticas que realizan los estudiantes de cocina que, supuestamente, les ayudarán a convertirse en profesionales. Todos suelen aspirar a realizarlas en los mejores restaurantes del país, en los restaurantes estrellados. ¡Qué menos! Con la pasta que cuestan algunas escuelas…
En esos restaurantes, los propietarios se frotan las manos al ver crecer su plantilla con costes mínimos e incluso nulos; los jefes de partida afilan sus espolones para recibir a los nuevos pollitos en el corral; las escuelas de cocina justifican sus mensualidades tras el título “bolsa de trabajo”… ¿Y ellos, los practicantes que deben formarse para obtener su futuro diploma con título culinario?
Ellos pasarán horas repitiendo tareas mecánicas cual cadena de montaje, limpiarán toneladas de lechugas de temporada de variados colores, decapitarán y desnudarán a cientos de bogavantes, tornearán las cinturas de cajas y más cajas de alcachofas, pelarán tomates hasta difuminar las huellas dactilares, perderán uñas y ganarán cicatrices abriendo ostras a docenas, arrastrarán a pares gigantescas bolsas de basura hasta la vuelta de la esquina, descubrirán que la mejor gomina del mundo a las ocho de la mañana es la grasa de las campanas extractoras… Que nadie se lleve a engaño: todo absolutamente necesario; que nadie se asombre: todo absolutamente abusivo.
Los listos, los más listos, todavía podrán acceder, en sus últimas semanas, a procesar el acompañamiento de algún plato del jefe de la partida de cuarto frío. Si además de listo es un lameculos, podrá colarse tras el delantal del jefe de la partida de carnes a saltear una guarnición de coste moderado y riesgo comedido.
¿Prácticas en un solo restaurante? ¡No! En todos los que quieras hacer, que tu currículum debe ser ostentoso, impresionante, estrellado! Temporadas de verano, de invierno, combinadas con las clases, con tus vacaciones. Un mes aquí, master clases de fin de semana, cuatro meses allá, una semana de “stage-intensif”… Impresionante chaval!!! Ahora, fulanito –porque el chef nunca se acuerda de tu nombre-, hazte unas lentejas calentitas para la comida del personal… silencio… silencio… más silencio… silencio gélido… silencio sepulcral… silencio esferificado…
Desde aquí mi grito más decibélico, mi petición más desesperada para que las escuelas de cocina incluyan en el formato que les de la gana; créditos, prácticas, horas extra, manualidades…, períodos de formación en restaurantes humildes, de fogón grasiento, de buen comer, de comer de cuchara, de cuchara sin plata, sin estrellas. Con menú diario que cambia y se transforma, de emplatados veloces con cucharón de madera, de vajillas redondas y vasos “duralex”, de platos escritos en pizarra con tiza de los “chinos”, de delantales del Carrefour más que de patrocinadores…
No me equivoco si digo que en esas otras prácticas les tocará saltear, remover, oler, bridar, probar, mezclar, asar, errar, freír, cortar, dorar, napar, trinchar, eviscerar, marinar, colar, lavar, corregir, espumar, pelar, limpiar y todos los verbos y conjugaciones que han leído y estudiado en los glosarios que los profesores de cocina les recomiendan aprender porque les caerá examen el próximo lunes. ¡Cuidado! También les tocará barrer, fregar y estar en la pica, como en los grandes restaurantes! Y no te preocupes querido practicante, te aseguro que en muchas cocinas recomendadas por el amigo Bibendum, se ha emplatado encima de arcones congelador, en el espacio entre mesadas -justo delante de la salamandra- donde solo cabe media persona, hay húmedos zulos ocultos donde se almacena el aceite y el vinagre y el Oporto y las mostazas…
No me equivoco si digo que aprenderán a planificar un menú, a rellenar una hoja de pedidos de proveedores, a dar de comer calidad a gente agradecida (o no) que lo llamarán por su nombre, a reclamar calidad al proveedor de verdura, a organizarse una mise en place, a felicitar al proveedor del pescado cualquier día que no sea lunes, a sentarse sagrada y religiosamente a comer con los compañeros, a emocionarse cuando un cliente asoma la cabeza por la cocina y te felicita, a cocinar con sobras, a diferenciar servicial de servilismo, a aprender a sentirte cocinero y persona.
Parece ser que todos los nuevos estudiantes de cocina y los recientes titulados de estos últimos años, aspiran a ser “FerranesAdrià o PedrosSubijana o Rocas o Ruscalledas o Adúrizes o Dacostas” pero se olvidan o nadie les explica o quieren explicar, que muchos de los grandes pasaron por fogones humildes que solo sabían de estrellas cuando había noche despejada.
No me equivoco si afirmo que el propietario del restaurante, que hace malabarismos a fin de mes, vería la luz al tener dos manos más de prácticas en esa cocina; y su equipo de cocina trabajarían más cómodamente. Pero entonces, ¿quién gana? Sin lugar a dudas, el estudiante y el cliente; pero de rebote el gran restaurante estrellado, pues recibirá un practicante curtidito que les hará una sabrosa comida de personal… ¿Lentejas para 30 personas, chef? OIDO, chef!
Cuidado! ni todo lo de las prácticas, ni todo lo de las escuelas es malo. Simplemente deberíamos revisar las bases para reforzar el futuro. Y desmitificar la grandeza de un currículum lleno de prácticas estrelladas, en favor de prácticas en restaurantes humildes y familiares, sería un buen principio...
Otra cosa sería comprarse el nuevo libro de Jamie Oliver, pero de eso ya nos informa estupendamente bien nuestro amigo Sebastián, que desde aquí aprovecho para saludarlo.
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