jueves, diciembre 12

Sushi Rail, el kaitenzushi de Bogotá

Bogotá me demuestra de nuevo que debo dejar de lado determinados prejuicios ictiófagos en cuanto a restoranes y ofertas capitalinas se refiere. Eso sí, sin bajar la guardia.

Mediodía tardío de jueves en la zona de la calle 100 con 15. Ha desaparecido el hormiguero que, apenas hace unos minutos, atestaba cualquier rincón que ofreciera algo que llevarse a la boca en cuatro cuadras a la redonda.

Camino por la calle 99 hacia los cerros, sin rumbo y sin mucho ánimo de encontrar algo decente con lo que acallar los rugidos de mis tripas. Una carpa koi transformada en simpático logotipo llama mi atención, pero ver que se trata de un kaitenzushi de diseño me hace sospechar que no va a ser una buena experiencia. Aún así, me dejo llevar por la pereza de seguir caminando, la necesidad de una cerveza fría, que no templada ni helada, y la tranquilidad de una barra vacía.

Sushi Rail es la primera y la única oferta de kaitenzushi en Bogotá. Novel oferta que debería multiplicarse y mejorar en algunos aspectos, pero que demuestra una ejecución honesta y perfecta para la vista y el paladar.

Recuerdo la moda de los kaitenzushi que invadió Barcelona hace ya una lejana década. Japoneses que eran chinos, sushis que eran makis, wasabis de tubo dentífrico, calidades muy cuestionables y pantagruélicas montañas de platitos acumulados a un lado que satisfacían la hambruna oficinista y funcionaria de pobre paladar. Comida de bajo coste, placer de ínfima autoestima. Me flagelo, ruego por mi alma y admito haber sucumbido en aquella época, más de lo esperado pero menos de la condena eterna, al pecado de la pésima gula, dejando olvidado y ultrajado en el asfalto mi hedonismo culinario.

Sushi Rail te explica su sencillo funcionamiento en los manteles individuales de papel. Tres platos calientes que salen directamente de la cocina: yakisoba, yakimeshi y sopa miso. El yakisoba de camarón es sencillo y sabroso. Si acaso un par más de mini camarones no molestarían y un poco menos de cocción a los fideos los convertiría en perfectos.

Los platos pasan frente a uno luciendo colores según su precio. Desde el verde a 3.500 $ hasta el blanco a 6.500 $. Seis colores en total a seis precios diferentes. Tanto comes, tanto pagas. Ricos, interesantes y de atractivo diseño los tés Hatsu, como el de té blanco y mangostino.

Buenísimos makis, en especial el que viene acompañado de una especie de mayonesa templada y mezclada con huevas de masago. De agradecer los platillos gratutitos con wasabi, soy adicto y necesito unas altas dosis para mi cuenquito de soya. Eché de menos algún sushi en Sushi Rail, porque no vi ninguno. Si acaso disfruté mucho con el maki rail. Desconozco si la razón de no encontrar otros sushis como nigiris, temakis, gunkan o sashimis es por la hora a la que nos parqueamos en su barra, o bien porque tampoco existen.


Hubiera completado esta excelente comida algún platillo caliente. Sería genial encontrar unos edamame, unas alitas teriyaki, unas verduras en tempura, un cerdo tonkatsu… ¿qué tal unos shiitake colombianos como los que cultiva Alberto en Tinjacá? Si lo consiguen en un futuro será un serísimo problema para un servidor... me convertiría en adicto a Sushi Rail.

Eso sí, me parece imperdonable que como único postre solo desfilen... ¿cupcakes?. Lo siento, ni puedo con ellos, ni me parecen una opción lógica para un local kaitenzushi. No pido unos daifuku de Takashi Oshiai, tampoco una sopa de yuzu de Nobu Matsuhisa. Unos helados de frutas exóticas colombianas rubricarían un festival con el que homenajear al estómago unas cuantas veces al mes y llevar de visita al amigo Roger si nos visita por estos parajes algún día.

Mi absolutamente perdida fe en el pescado y el marisco que llega a Bogotá, así como la práctica del deporte de riesgo que es consumirlo crudo, se va recuperando muy poco a poco gracias a las experiencias en locales como Osaki, Cebichería La Mar, Motomachi, La Despensa de Rafael, Cevichería Central y, por supuesto, la informal y saludable oferta de Sushi Rail.

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