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sábado, febrero 22

Química y Alimentación

Barón Justus von Liebig

En aquellos tiempos…

La Guardia Civil (1843) y la Química moderna iban en pañales
Se inaugura el Liceo de Barcelona (1845) y se desata la fiebre del oro en USA
Se inaugura el primer ferrocarril por estos lares, el Barcelona-Mataró (1848)
Y millones de persona emigran a América


Lecciones de Química y Alimentación, por el profesor Justus von Liebig

Algunas materias fermentan, otras se pudren

¿Podría el átomo de carbono de la fibra de mi corazón haber formado parte quizás del corazón de algún antepasado? ¿Y el nitrógeno de mi cerebro podría haber pertenecido al de una marmota?
Tras la muerte, por medio de distintas reacciones química, el cuerpo de descompone. Los elementos procedentes del aire vuelven a la atmósfera y los suministrados por la tierra vuelven a su antiguo origen. La muerte, la disolución de una generación entera es el manantial de vida de una nueva generación.
Oxidación.  A cierta temperatura y en presencia de agua, el contacto del oxígeno con los alimentos ocasiona cierta reacción que modifica sus propiedades. Esto se observa perfectamente en los frutos. Cuando por efecto de una lesión practicada en su superficie queda a merced del oxígeno todo el zumo que contiene. Un grano de uva sin lesión alguna tenderá a desecarse pero si le hacemos una incisión sufrirá una profunda alteración. Lo mismo sucede al cortar una manzana.
Fermentación y putrefacción. Tocas las materias incapaces de experimentar la alteración pútrida, recibe el nombre de fermentescibles cuando adquieren la propiedad de descomponerse por el contacto de un cuerpo en putrefacción: el cambio que sufren se llama fermentación, designando con la palabra fermento al cuerpo en putrefacción. Los cuerpos putrescibles se transforman en el acto de la putrefacción en verdaderos fermentos. Adquieren en este estado la facultad de provocar la fermentación en un cuerpo fermentescible. Estos fermentos conservan toda su eficacia hasta que la fermentación ha concluido. La influencia de la temperatura sobre los productos de la fermentación es sumamente notable.

Caldo de máxima expresión.

Al sumergir una carne cruda en agua hirviendo se coagula la albúmina desde la superficie al centro, produciendo de esta manera una especie de película que impide la salida del jugo existente en el centro de la carne. La carne permanece de esta manera suculenta y conserva todo el gusto que puede tener. Parece ser que retiene así toda la cantidad de sabor posible.
Por el contrario, si se introduce la carne cruda en el agua y se lleva lentamente a ebullición, manteniéndola así mucho tiempo, sucede que la carne pierde todas sus partes solubles y sabrosas, las cuales se trasladan al caldo. La albúmina se ha disuelto poco a poco de dentro a fuera y la carne resulta seca.
Por lo tanto, el procedimiento que suministra el caldo de mejor calidad, es al mismo tiempo el que ofrece una carne más insípida y seca. Y que para obtener un guiso suculento, es preciso no eliminar el caldo.
Una ebullición prolongada disuelve algo más de sustancia pero es indudable que su gusto y propiedades son de mucho menos valor.
Cocción en trozos pequeños desde agua fría y poco tiempo. Caldo de máxima expresión.

El cocinero.

Entre las artes a las cuales se dedican los hombres, no hay ninguna más apreciada que el arte de preparar los alimentos. Guiado por un sistema seguro, casi razonado y por el gusto, el buen cocinero, guardián de salud, adquiere, por la elección y preparación diaria de los alimentos, por la manera de combinarlos y distribuirlos en las comidas, nociones muy superiores a todo lo que la química y la fisiología han llegado a producir en materia de nutrición

Nuevas cartas sobre la química”. Madrid, 1853. 
Edición española  a cargo de Ramón Torres Muñoz y Luna.


Este libro aparece mencionado en un texto anterior sobre el libro Un festín en la Edad Media (Ignasi Doménech, 1913)

domingo, febrero 2

Fondos, caldos y arroces

El Diari de Castellbisbal. Arrossos (3)

Con frecuencia, cuando hablamos de caldos, son pocos los que conocen o saben cómo se hace un caldo oscuro de carne. Casi los mismos que saben que existe. Es algo común en los cursos de cocina para aficionados encontrarse con que el primero de los problemas para hacer un buen arroz se encuentra en que no sabemos cómo hacer un buen caldo, ni siquiera un caldo aceptable. En general, en casa, para hacer arroces se utiliza agua o como mucho algunos de los que se venden en paquetes de cartón. También es cierto que en la mayoría de hogares el caldo se genera al mismo tiempo que el sofrito y el arroz. Mojar un guiso con un caldo en lugar de agua corriente mejora sobremanera la calidad de nuestras comidas, si además es un caldo hecho con esa finalidad en concreto, la diferencia entonces resulta abismal.

En un arroz seco pareciera que al grano le acompañe una fina capa gelatinosa de un jugo más bien oscuro. Es un caldo que se ha ido concentrando alrededor del grano durante la cocción. Si ese caldo en origen ya es sustancioso me pregunto cuánto menos no lo será al final de la cocción, tras haber hecho amistad con el sofrito y jugueteado con los tropezones.

Hacer caldos o fondos de cocción, que es como le llamamos los cocineros, es algo tan personal como hacer un arroz, un sofrito, un potaje o un guisote. Cada familia tiene su sopa, su arroz o su receta personal que hace que sea diferente al de los demás. Pues bien, al hacer un fondo, o muchos fondos diferentes si fuese necesario, rubricamos de manera personal  e intransferible todo aquello que se cocina en nuestros fogones. Ahí está la importancia esencial de la elaboración de los fondos, nuestro propio estilo. En adelante hablaremos de caldo oscuro de carne (COC) dando por hecho que cada bestia tiene su propio fondo y que para un fricandó le iría de perlas un fondo moreno de ternera.

Los ingredientes tampoco son dogma ni nada parecido. Cada quién y cada cual usará los que más a mano tenga, los que precise o los que la inspiración les sugiera. La elaboración de un COC se puede ir complicando exponencialmente en función de la virtud del cociner@.

A los fogones: en una cacerola con materia grasa se ponen a rustir unos cuantos huesos, de los  sabrosos, de esos que tienen restos de carne adherida, los otros no valen. Los huesos repelados tienen menos sustancia que un yogurt de agua, se lo digo yo, no valen pa ná. Al punto que agarran color los huesos y se van tostando le añadimos unos dientes de ajo. ¡Ay que ver cómo desarrollan olor enseguida los condenados! Seguimos meneando con cebolla y zanahoria y dando vueltas de tanto en tanto. Todo frito, todo dorado y lo bautizamos con buen vino, se va, se evapora en un instante y le añadimos unos tomates cuarteados. Los hacemos salsa, se deshacen, se funden. Agua a cubrir, todo tapado y a calentar. Entretanto lo perfumamos de hierbas de gusto. Con unos apios, puerros, chirivías, perejiles, coles, pimientos, tomillo, laurel, pimienta… Hervir, retirar esa espuma que se forma al hervir. Paciencia, cocer hasta que a esos huesos y verduras no les quede nada. Retirar del calor y dejar descansar una siesta. Colar, enfriar y desengrasar. Me lo cuenta, oiga