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viernes, julio 18

A mi padre

Mil palabras impregnadas de fragancias de Ángel.

Vuelvo a casa y espero verle aparecer detrás de cualquier puerta, entrando desde la terraza o saliendo de la cocina con un paño en la mano, secándose. Al ir a por cerezas me parece oírle regañándome por romper una rama o llenar demasiado un pozal. Siento su olor y serenidad. La mariposa que revolotea a nuestro alrededor simboliza su presencia y me planta ante su ausencia, mi pérdida. Puedo olerlo. Me dejó tantos aromas como conocimientos, me dejó aprender y se dejó querer. Sin palabras, mejor así, una mirada suya siempre fue suficiente. Son los aromas mejor conservados pero aún así saben a poco, se sienten en la lejanía y al mismo tiempo se tienen tan presentes que uno diría que forman parte del código genético adjunto. Permanecen ocultos en algún rincón de nuestro cerebro hasta que un día y sin motivo aparente regresan. Los descubres tras el zaguán, al llegar del trabajo, en una comida campestre, al despertar, al llegar el otoño, en un día de playa o al caer el sol. Es la herencia de los olores, perfumes que marcan el pasado y despiertan en el presente. Los aromas de papá.

Sus gestos me delatan, las manías, las costumbres, la educación, es la impronta de un padre.


Refugiado en mi niñez quedó el aroma a masaje post afeitado, una loción dulzona que mi padre salpicaba haciendo palmear las manos en su curtido rostro. Ese niño que quería ser mayor recogía los aromas a limpio, aseado, curioso y presumido, a galante caballero. Recuerdo el olor de las galletas mojadas en leche, siempre de pie frente la encimera de la cocina, cogiendo fuerzas para salir a trabajar. Alto y apuesto miraba por la ventana el patio de vecinos como si del infinito se tratase, de nuevo en silencio. Al taller también fui de chico. En Electrosánitas olía a metálico, como huelen los talleres y almacenes de suministros eléctricos y sanitarios. Los dedos se ensuciaban de férreo polvo de tornillos y herramientas, virutas de cobre, papel de envolver y cartonajes baratos. Resonaban las Olivetti, olía a tabaco y a papel carbón. El viejo Seat 127 dejó envolventes olores a domingos en Cabrera de mar, a lapas, a playa y a dominguero cubierto de salitre. Ir al pueblo podía obligarte a hacer noche por el camino, nacional dos, tomillo al maletero, motel de carretera, otro olor inconfundible, penetrante, me mareo. Biodramina y otros olores perdurables.

Muy pronto bajamos a la bodega y descubrimos un  nuevo mundo, para platicar alrededor de una bota de vino, a pasar el rato los dos, aunque fuese en silencio y trabajando. Qué maravilloso es poder compartir el silencio. Esa cueva arcillosa y húmeda atesoraba botellas con nombre propio, añadas románticas marcadas con la solera del paso del tiempo. Esa soledad del vino de guarda me cautivó. Los olores del vino resbalando por mis manos al embotellar mientras padre las llenaba con un meticuloso orden, el sonoro caer del vino que emana de la bota directo al gaznate donde estalla en mil aromas, el descorche del tonelico de vino rancio, olores a bodega que ya corren por mis venas. Herencia.


Como me recorren de arriba abajo los olores de mesa.
A comer primero el arroz y luego el caldo, así comía la sopa de arroz y así me la como yo. A comer los huevos fritos con pan y dedos, a quitarle las espinas al lenguado, a no sorber la sopa, a hacerle el nudo a la servilleta y el repugnante olor del queso, capaz de hacerle levantar de una buena mesa. Al placer del mar escondido en los mejillones al vapor, las croquetas de la yaya viajadas en tren, las uvas pasas del granero, el lomo de orza, a santiguar el pan, siempre me lo enseñó todo y me dio más de lo que jamás pude absorber. Cuando seas padre comerás carne y bendito seas.

Con la paciencia necesaria para preparar un coctel de gambas con salsa rosa, abrir unas ostras y hacer una caipirinha si la ocasión lo merecía. Para encender el fuego, cuidarlo, preparar la brasa y hacer un asado con sus patatas hundidas entre las cenizas. Paciencia para cascar almendras, tostarlas y ofrecerlas gustosamente. Ahora soy yo el que casca almendras y las huelo, huelen tan bien que me huelen a él.

A disfrutar de los olores de una cerveza bien fresquita, unos berberechos, un bloody mary, una copa de brandy de Jerez o un buen cava catalán, que entonces le decíamos champán y a veces era semiseco. El muy tunante amagaba los botellines de cerveza, como quien no quiere la cosa. Mojó el dedo en su copa y se lo dio al bebé, a chupar agua bendita, los bautizaba, un ritual que repitió con cuantos chiquillos se posaron en su regazo. Los niños le hacían sonreír, se le caía la baba.

Él era así, tenía la extraña manía de guardar cosas mucho tiempo. Recuerdo el olor de los libros, el de los viejos y el de los más nuevos, ambos adictivos. Se guardan los libros. Y regaba sus plantas porque debía creer en aquello de ¿si no sabes cuidar una planta cómo vas a cuidar de los tuyos? Le gustaban las plantas vivas más que las flores muertas. Geranios, alhelíes y hortensias impregnaban el balcón con su fragancia para dar la bienvenida al verano. Con la verbena llegaban los petardos, la pólvora de San Juan, el olor y otro año más, otro aniversario de fortuna, la enorme fortuna que hemos tenido por tenerlo entre nosotros tanto tiempo. Tanto, tan bueno y tan aromático.


Soy un afortunado. Te huelo y te añoro. Me  miras. Te quiero. Gracias.